El mundo de Alma se había reducido a un punto de luz blanca en medio de la oscuridad, cuando abrió los ojos, no estaba en el suelo frío del despacho, sino en el sofá de cuero, con Iván arrodillado frente a ella, sosteniendo sus manos con una firmeza que la anclaba a la realidad.
— Respira, Alma. Solo respira — le ordenaba él, con una voz que contenía un rastro de pánico que nunca le había escuchado.
— Está vivo, Iván... — logró articular ella, con las lágrimas desbordándose finalmente — Mi madre