El estruendo de la alarma no fue solo un sonido, fue una onda expansiva que sacudió los cimientos de la mansión y destrozó el hechizo que los mantenía unidos contra la pared.
El rojo de las luces de emergencia bañó el rostro de Iván, devolviéndole instantáneamente esa máscara de frialdad que Alma tanto temía y, a la vez, agradecía en ese momento.
— ¡Muévete! — rugió Iván, su voz cortó el aullido de las sirenas.
Ya no era el hombre que estaba a punto de besarla, era más como un soldado en su pro