El trayecto de regreso a la mansión de Brickell fue un sepulcro de cristal y cuero, el Bentley se deslizaba por las calles desiertas de Miami, pero dentro de la cabina el aire era tan espeso que Alma sentía que podía cortarlo con un dedo.
El sabor del beso, una mezcla de champán, rabia y algo mucho más profundo y aterrador, seguía quemándole los labios.
Iván Lockwood no se movía.
Su perfil, iluminado por los destellos intermitentes de las farolas, parecía tallado en obsidiana, mantenía las mano