Evangeline Olmos.
Cerré la llave de la ducha cuando el agua comenzó a enfriarse, dejando que las últimas gotas se mezclaran con las lágrimas que ya no tenía fuerzas para seguir derramando. Salí del cubículo de mármol envuelta en una de las densas toallas blancas del penthouse, sintiendo un frío repentino que me caló hasta los huesos, un frío que no tenía nada que ver con la temperatura del ambiente y sí con el vacío absoluto que se había instalado en mi pecho.
Caminé hacia el vestidor con pas