Evangeline Olmos.
El silencio que descendió sobre el despacho presidencial después del torbellino de su posesión fue casi sepulcral, roto únicamente por el sonido metálico y seco de la cremallera de Maximilian al subirse. Me quedé estática sobre la superficie de madera noble del escritorio, con las piernas aún separadas y la falda de tubo arrugada a la altura de mis muslos. Mi respiración era un eco errático en las paredes de la estancia. Sentía el latido violento de mi propio centro, una puls