Evangeline Olmos.
El zumbido sordo del dispositivo de silicona alojado en mi matriz se convirtió en el único sonido que gobernaba la habitación de disciplina. Cada vibración enviaba una descarga eléctrica que trepaba por las paredes de mi vagina, haciendo que mis músculos se contrajeran de forma involuntaria en un intento inútil por contener el estímulo. La intensidad era tan abrumadora que el colchón debajo de mí parecía flotar. Sentía la piel expuesta de mis muslos completamente erizada, efe