Evangeline Olmos.
Me tomó casi una hora reunir las fuerzas necesarias para ponerme de pie. Le pedí perdón a Dios mil veces por si no había sido una alucinación y yo me había dejado llevar. La habitación se sentía extrañamente silenciosa, como si el eco de mis propios gemidos aún flotara en el aire, recordándome la magnitud de mi caída.
Me miré las manos todavía temblaban ligeramente. Me sentía aturdida, avergonzada y profundamente pecadora. La frialdad con la que Maximilian Voss se había leva