El motor del sedán rugió mientras devoraba las calles secundarias de Miami, alejándose de la costa expuesta de Key Biscayne.
Alexander conducía con una mano fija en el volante y los nudillos blanqueados por la presión, mientras su mirada gris escudriñaba constantemente los espejos retrovisores.
En el asiento trasero, Helena mantenía al pequeño Junior acurrucado contra su regazo. El niño, agotado por el trauma del naufragio, se había quedado dormido finalmente, aferrado como un náufrago a su peq