El llanto de Alexander Junior no era el berrinche común de un niño de tres años, era un alarido de puro terror, un rechazo visceral que congeló el aire del majestuoso vestíbulo de Key Biscayne.
El pequeño se aferraba con dedos desesperados a la falda gris de la asistenta social, escondiendo su rostro castaño entre los pliegues de la tela, temblando como si estuviera frente a dos depredadores sedientos de sangre.
— ¡No, no! ¡Mala! ¡Vete con el hombre malo! — gritaba el niño entre sollozos ahogad