El rugido sordo de la explosión del Poseidón aún vibraba en los tímpanos de Helena cuando la balsa de salvamento fue escupida por la última cresta de la tormenta.
Habían sido horas de un calvario negro, un descenso directo al fondo del desespero donde el océano Atlántico intentó tragárselos a cada segundo.
Alexander había remado sin tregua, con los brazos hinchados y las palmas de las manos en carne viva por la fricción de los remos.
No hubo una sola queja.
Su mandíbula de piedra permanecía ríg