El silencio en la mansión de Key Biscayne era una tregua silenciosa, tejida con hilos de algodón y paciencia infinita.
Tras el desastroso estallido del jarrón de cristal en el jardín, Helena había comprendido con el dolor más desgarrador de su alma que la memoria de un niño de tres años no se recuperaba con exigencias ni lágrimas, sino con tiempo.
Pasaron tres semanas.
Tres semanas en las que la majestuosa residencia Williams Lauder se transformó en un santuario de sanación conductual guiado po