No he sentido las piernas cuando salí de la clínica.
Ni los brazos. Ni el pecho. Todo mi cuerpo es un nudo de ansiedad, de miedo, de rabia, de algo que no sé poner en palabras. Me arde la garganta. Me cuesta tragar. La calle me parece ajena, hostil, como si el aire de Los Ángeles pesara más hoy, como si las voces, los autos, y el movimiento me pasaran por encima sin verme.
Camino con la inercia de quien escapa de sí misma.
El sol se está escondiendo, pero no lo veo. Solo sé que necesito irme, n