Con el alma rota y la respiración entrecortada, se dio cuenta de que no podía seguir conteniendo el peso de su corona a solas. Necesitaba desahogarse antes de que las paredes del palacio terminaran por asfixiarla. Con los dedos temblorosos, tomó su teléfono y marcó el único número que representaba un refugio seguro.
—¿Megan? —la voz de Morgan respondió casi al primer timbrado, cargada de una inmediata preocupación al escuchar los sollozos del otro lado—. Dios mío, ¿qué pasa? ¿Estás bien?
—Morga