El silencio volvió a instalarse en la sala tras la cruda confesión de Morgan. Fiel a su promesa, la hija de Saúl desenterró cada detalle de aquella vieja traición que había congelado el alma de la gobernadora. Camilo escuchó sin interrumpir una sola vez, con la mandíbula apretada y las esmeraldas de sus ojos oscureciéndose hasta convertirse en dos pozos de furia fría y profunda comprensión.
Ahora todo tenía un sentido perfecto y doloroso. El pánico de Megan no era soberbia imperial; eran las ci