La obsesión de Camilo no conocía límites cuando se trataba de proteger —o descifrar— a su objetivo. Tras colgar con Saúl, el general se encerró en una habitación segura del subsuelo del palacio, lejos de cualquier red de comunicación rastreable. Sacó de un compartimento oculto un dispositivo antiguo, analógico e indetectable, y marcó un número de doce dígitos que solo él conocía.
Al otro lado de la línea, la llamada fue atendida al segundo tono. Nadie en el territorio, ni el Estado, ni la intel