Las palabras de Camilo quedaron flotando en el aire del despacho, densas, honestas y devastadoras. Sus manos, aún cálidas sobre las mejillas de Megan, eran un ancla que amenazaba con derribar el último muro de la gobernadora. Por un segundo, sus ojos miel flaquearon. Quiso rendirse, quiso echarse en sus brazos y confesarle que el eco de su nombre también la perseguía.
Pero entonces, el fantasma del pasado despertó con la fuerza de un latigazo, congelándole la sangre.
Mientras miraba las esmeral