El eco de los tacones de aguja de Victoria contra el suelo de mármol del ala oeste sonaba como una cuenta regresiva hacia el desastre. La furia le nublaba por completo el juicio; la humillación pública que la gobernadora Megan le acababa de infligir frente a los ministros era un trago demasiado amargo para su orgullo. Necesitaba llegar a la terminal robada, verificar que el proceso de desencriptación siguiera su curso y asegurarse de que mañana, exactamente a las ocho de la mañana, tendría la c