El Salón de los Espejos del ala diplomática resplandecía esa noche con una opulencia artificial y deslumbrante. Enormes lámparas de cristal colgaban del techo abovedado, inundando el espacio con destellos dorados que se reflejaban hasta el infinito en las paredes espejadas. El lugar albergaba a un selecto grupo de ministros, delegados internacionales y al siempre vigilante consejero Saúl, quienes conversaban en susurros contenidos mientras sostenían copas de champán de corte fino. Sin embargo,