El lunes por la mañana, justo cuando las delgadas manecillas de bronce del reloj de péndulo del palacio marcaron las ocho en punto, el silencio se volvió casi absoluto, denso y cargado de una tensión invisible. Era la hora exacta en la que el equipo de desencriptación del Estado Supremo debía presentarse en el despacho para ejecutar, de manera irrevocable, la sentencia política de Megan y la deshonra militar de Camilo. Sin embargo, en lugar de un estallido mediático, una comitiva de fiscales o