La calidez reconfortante de las sábanas de seda contrastaba drásticamente con el súbito cambio de temperatura en el ambiente de la habitación. Megan se estiró lentamente sobre el colchón, sintiendo el dulce cansancio de una madrugada implacable donde cada centímetro de su cuerpo había sido reclamado con una devoción salvaje, ruda y sin tregua. Abrió sus ojos miel, esperando encontrar la mirada burlona y canalla del general junto a ella, dispuesta a prolongar la complicidad de la noche, pero el