El domingo por la tarde, el palacio de Tierra Escarlata se sentía como una olla a presión a punto de estallar debido al silencio sepulcral que reinaba en los pasillos principales. La tormenta eléctrica de la noche anterior había cesado por completo, dejando en su lugar una neblina densa, húmeda y cenicienta que se colaba perezosamente por los jardines reales, empañando los grandes ventanales del despacho presidencial.
En su escritorio de caoba, Megan simulaba revisar minuciosamente los extensos