El eco de la tormenta aún resonaba contra los ventanales del penthouse cuando las primeras luces del domingo comenzaron a filtrarse tímidamente por las cortinas. Sobre las sábanas completamente revueltas, la respiración exhausta de Megan era lo único que rompía el absoluto silencio de la suite. Había sido una jornada implacable; prácticamente no habían parado en toda la noche. Una y otra vez, impulsados por una urgencia febril que rayaba en la locura, regresaron al cuerpo del otro en una sucesi