La noche había caído por completo sobre la ciudad, cobijándola bajo un manto sombrío, mientras una lluvia fina y persistente golpeaba rítmicamente contra los grandes cristales de la residencia de Camilo. Alejado por unas horas del protocolo asfixiante del palacio y del peso de sus galas marciales, el general vestía ropa cómoda e informal, disponiéndose finalmente a descansar. Sin embargo, el repentino y agudo sonido del timbre de la entrada principal rompió el silencio de la estancia de forma a