Unos policías se acercaron para llevarse a Manolo y a su esposa a la fuerza.
—¡Señores policías, no… no por favor!—Manolo temblaba del miedo. Por más bravucón que fuera, no se atrevía a enfrentarse a la policía.
—¡Señores policías, no pueden acusar a inocentes! ¡Fue ese chico el que intentó manosear a mi nuera, y nosotros, en un arranque de coraje, lo golpeamos! ¡No pueden arrestarnos sin más, ¿acaso no les importa el uniforme que llevan?
Ana se tiraba al suelo, pataleaba y gritaba como si le hu