Aldric y Bianca habían decidido alargar su estancia en los Hamptons un par de días más. Después del incidente con Isabella, las aguas entre ellos parecían haberse calmado: Aldric no le daba pie a los celos, la buscaba con gestos, la defendía con miradas. Isabella, por su parte, permanecía en la casa —una sombra elegante e inquietante—, pero no hubo ningún acto que justificara la inquietud de Bianca. Sin embargo, la calma que ella anhelaba no alcanzaba a Margaret: la mujer no disimulaba su furia