El aire de la mañana aún pesaba con la amargura del desayuno con Judith, la suegra de Bianca, cuyas palabras cortantes habían sido como dagas envueltas en terciopelo. Bianca decidió ir a la mansión Lancaster a buscar respuestas. El trayecto en el auto de Ronny fue un torbellino de emociones, su corazón latiendo al ritmo de un tambor de guerra mientras la ciudad pasaba como un borrón más allá de la ventana.
Al llegar, la mansión, los sirvientes, ocupados en sus tareas, apenas levantaron la mirad