La ciudad estaba iluminada como un joyero esa noche. Las luces de neón competían con las arañas de cristal del Gran Hotel Imperial, donde Margaret Thornhill había organizado una “gala de beneficencia” en nombre de una fundación que nadie conocía realmente. En realidad, todo había sido un montaje: un escenario perfecto, con invitados de la más alta sociedad, música de cuerdas y champán francés fluyendo como agua. Todo un plan orquestado con la unión de Willow.
Margaret, enfundada en un vestido a