El comedor aún vibraba con el eco de las palabras venenosas de Willow. Nadie osaba moverse, ni siquiera respirar con normalidad. El cuchillo caído de una de las bandejas resonaba como un reloj de arena marcando el tiempo de aquella tragedia familiar. Bianca permanecía de pie, la mirada perdida, el rostro pálido, con las manos apoyadas sobre la mesa como si necesitara sostenerse para no caer.
—¿Qué… qué acabas de decir? —logró articular finalmente, con un hilo de voz.
Willow sonrió con perversid