La mansión Thornhill, envuelta en un silencio opresivo aquella noche, parecía contener el aliento, como si supiera que algo terrible estaba por desatarse. Las cortinas de terciopelo se mecían con el susurro del viento, como fantasmas inquietos que murmuraban secretos oscuros. Bianca, con el alma agotada y el corazón aún sangrando por las heridas que Margaret Thornhill había infligido horas antes, cruzó el umbral con pasos cansados, anhelando el refugio de su habitación, un rincón donde lamer su