El auto avanzaba suavemente por las calles de la ciudad, el murmullo del motor un contraste tranquilo con el torbellino que rugía en la mente de Bianca. Sentada en el asiento trasero, sus dedos apretaban el borde de su bolso, los nudillos blancos por la tensión. La ciudad pasaba como un borrón más allá de la ventana, pero su mirada estaba perdida.
—Ronny —dijo de pronto, su voz firme a pesar del temblor que aún sentía en su interior—. Llévame a casa de Julieta, por favor. Está en el barrio de las Rosas, te paso la dirección.
El chofer, un hombre de rostro serio pero amable, asintió sin hacer preguntas.
—Claro, señorita Bianca. —Su tono era profesional, pero había un dejo de calidez, como si entendiera que ella necesitaba más que un simple viaje.
Mientras el auto se dirigía hacia el barrio, Bianca sacó su teléfono y releyó el mensaje que Julieta, su amiga de la infancia, le había enviado el día anterior. Julieta, su única y verdadera confidente, había regresado de Inglaterra y estaba a