El salón de los Lancaster, que debería haber rebosado de risas efervescentes y brindis jubilosos, estaba envuelto en una atmósfera gélida, como si un velo de luto hubiera descendido sobre la opulenta habitación. La tensión era tan densa que cortaba el aire, ahogando cualquier susurro de alegría genuina. En su lugar, murmullos bajos y risas contenidas se filtraban como veneno, cortas y forzadas, como si los invitados se deleitaran en el escándalo que se desplegaba ante ellos. Willow, con los puñ