La mansión Lancaster estaba inmersa en un frenesí meticulosamente diseñado para impresionar. Las paredes blancas relucían con la luz dorada que caía suavemente de los candelabros de cristal. Las damas de honor se movían entre risas, se probaban vestidos de cortes perfectos y joyas que chisporroteaban bajo la luz de la tarde. Los sirvientes corrían de un lado a otro, entregando arreglos florales con la precisión de una coreografía, mientras las mesas se llenaban de platos gourmet que destilaban