A la mañana siguiente, Bianca entró al comedor con la cabeza alta, el pulso acelerado y la piel ardiendo. Intentaba ignorar la tormenta que se desataba en su interior, pero la pesadez en el aire era casi insoportable. La conversación entre Willow y Cassian se apagó al instante al verla, como si un interruptor se hubiera apagado. Cassian, que estaba sentado en la cabecera de la mesa, levantó la mirada. Sus ojos grises, fríos como el hielo, la miraron con desprecio, una expresión que parecía tan