El alba aún no terminaba de romper el horizonte cuando el motor del auto de Alessandro rugió en la entrada. Su rostro era una máscara de absoluta frialdad; no había dormido, y la sombra de la barba de un día acentuaba las líneas duras de su mandíbula. Antes de que el sol iluminara los ventanales, ya había dado órdenes directas a su equipo de seguridad.
—Asegúrense de que recoja todas sus pertenencias. No quiero que quede ni un rastro de su perfume en esa habitación —instruyó a sus hombres, refi