El eco del portazo en el piso superior aún vibraba en las paredes de mármol cuando el pelinegro se desprendió del agarre de la mujer con una violencia contenida. La empujó lo suficiente para marcar una distancia insalvable, limpiándose los labios con el dorso de la mano en un gesto de instintiva repulsión. Sus ojos, usualmente gélidos y calculadores, ahora despedían chispas de una furia que rara vez permitía salir a la superficie.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —la voz del hombre fue