La noche en Dubái caía con una opulencia artificial, envolviendo los rascacielos de acero y cristal en un resplandor dorado que se reflejaba en las aguas del Golfo. Alessandro caminaba por el pasillo de un exclusivo restaurante con la elegancia depredadora que lo caracterizaba. Acababa de cerrar el acuerdo con el consorcio árabe, una firma que, según sus proyecciones iniciales, debería haberle tomado al menos tres días más de intensas negociaciones. Sin embargo, su reputación lo había precedido