Ella no esperó permiso. Se acercó con un movimiento fluido y le dio un beso casto en la comisura de los labios. El gesto fue tan inesperado, tan rápido y cargado de una familiaridad antigua, que Alessandro se quedó petrificado, reaccionando solo segundos después, cuando ella ya se había apartado lo suficiente para dedicarle una sonrisa enigmática.
Tatiana no era una desconocida, ni tampoco una simple conocida de negocios. Había algo en la forma en que sus ojos verdes —un tono muy distinto al de