Sin embargo, antes de que ella pudiera dar tres pasos, una sombra negra la adelantó con una velocidad asombrosa. Alessandro se movió con un instinto que no parecía pertenecer a un hombre de negocios, sino a un depredador protegiendo a su prole. En un parpadeo, él ya estaba de rodillas sobre la grava, alzando a la pequeña con una delicadeza que Audrey no creía que sus manos fueran capaces de poseer.
—Shh, tranquila. Ya te tengo —murmuró Alessandro. Su voz, usualmente fría y cortante, se había vu