Ella dudó. Sus instintos le decían que era mejor esperar a la mañana, que entrar en el territorio personal de Alessandro a esas horas era una imprudencia. Sin embargo, la ansiedad de dejar las cosas claras no la dejaría dormir. Se detuvo frente a la puerta y tocó con los nudillos.
Silencio.
Esperó unos segundos, el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas. Estaba a punto de darse media vuelta, sintiendo un alivio momentáneo por la falta de respuesta, cuando una voz profunda y ligerame