Audrey sintió cómo los dedos de Alessandro, metafóricamente, se cerraban alrededor de su garganta sin necesidad de tocarla. La posesividad que emanaba del italiano había mutado; ya no era el reclamo de un hombre despechado, sino el rugido interno de un depredador que acaba de encontrar su tesoro robado.
—No, pequeña —respondió Alessandro, y aunque sus palabras iban dirigidas a Emma, sus ojos nunca abandonaron los de Audrey—. Soy alguien a quien vuestra madre le debe mucho más que una explicació