Al día siguiente, Audrey no estaba durmiendo; se encontraba en la cocina cuando el destello del sol sobre el metal negro la obligó a mirar por la ventana. Al ver el coche aparcándose de nuevo frente a su casa, sus alarmas se dispararon como si se tratara de un peligro inminente, recordándole con un golpe de realidad que lo vivido el día anterior no había sido una pesadilla, sino el inicio de su fin.
Cuando Audrey abrió la puerta —haciéndolo por pura cortesía, aunque sus dedos se aferraban al po