La tarde dorada fue cediento el paso a un crepúsculo malva que trajo consigo la bendita calma. El ajetreo de la piscina y el sol cobraron su factura: Emma y Matthew ni siquiera llegaron al postre antes de que sus párpados pesaran como el plomo. Alessandro, con esa fuerza tranquila que lo caracterizaba, subió a los gemelos uno en cada hombro, mientras Audrey acunaba a un Maxwell que ya soñaba profundamente.
Una vez que los tres pequeños estuvieron rendidos en sus nubarrones de sábanas, la mansió