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El silencio en la casa era un lujo que Audrey rara vez podía permitirse, pero esa mañana, con los gemelos en el colegio y Alessandro en la oficina, la casa respiraba con una calma casi irreal. Solo el suave arrullo de Maxwell en la cuna rompía el mutismo del piso superior. Audrey, sentada ante el escritorio de su habitación, se perdió entre muestras de encaje y catálogos de botánica. Habían decidido que la primavera sería la cómplice de su unión; imaginaba el aroma de las peonías frescas y el so