El tiempo había avanzado con la parsimonia de las estaciones que cambian, y con él, la silueta de Audrey se había transformado en un monumento a la vida. Cinco meses habían transcurrido desde aquel juicio que cerró las heridas del pasado, y ahora, con siete meses de embarazo, su vientre era una esfera perfecta y prominente que dominaba su figura.
Esa mañana de sábado, la mansión Di Giovanni bullía con una energía conspiradora que Audrey, en su estado de sensibilidad a flor de piel, no alcanzaba