El viento soplaba con una mansedumbre inusual sobre el acantilado, arrastrando consigo el aroma salino del mar y la fragancia fresca de los pinos. Alessandro Di Giovanni permanecía de pie frente al ventanal de la planta alta, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón sastre y la mirada perdida en el horizonte donde el azul del agua se fundía con el gris del cielo invernal.
Ese lugar, que durante quince años fue el epicentro de su furia y el motor de una venganza que consumía sus no