El mazo del juez golpeó el estrado con una resonancia que pareció sacudir los cimientos del tribunal. El aire estaba pesado, casi asfixiante. Olivia Sullivan, sentada en el banquillo de los testigos, mantenía la espalda tan recta que parecía a punto de quebrarse, pero su voz, por primera vez en décadas, no vaciló.
—Mi esposo, Eliot Sullivan, ordenó el incendio —declaró Olivia, mirando fijamente un punto en la pared opuesta para evitar la furia que emanaba del hombre a su lado—. Y yo... yo destr