Al bajar del estrado, Audrey se sintió extrañamente liberada. El peso de los secretos y la inseguridad de los cambios físicos parecían haberse evaporado bajo el calor del brazo de Alessandro. Él se inclinó hacia ella, aprovechando que la orquesta comenzaba a tocar una melodía suave para ocultar sus palabras.
—¿Ves? —murmuró contra su sien—. Eres el sol de este sistema, cariño. Y yo soy el hombre más envidiado de toda esta ciudad por tenerte a mi lado.
Ella sonrió, apoyando su frente contra el h