Las semanas habían transcurrido con una celeridad vertiginosa, transformando la rutina de los Di Giovanni en un hogar de mimos y cuidados extremos. Alessandro, aquel hombre que antes medía cada minuto de su tiempo con precisión de cirujano, parecía haber encontrado una nueva vocación; ser el guardián absoluto de los antojos y el bienestar de Audrey. No importaba si era un deseo repentino de helado de pistacho a medianoche o la necesidad de caminar descalza por el jardín al amanecer; él estaba a