El eco de los forcejeos de Audrey se perdía en las vigas oxidadas del almacén. Los hombres de Viktor, sujetos de facciones pétreas y movimientos mecánicos, no mostraron un ápice de remordimiento mientras la obligaban a sentarse en una silla de madera carcomida en el centro del espacio. Con una eficiencia aterradora, rodearon sus muñecas con una soga áspera que quemaba su piel, asegurando sus pies a las patas del mueble. Cada vuelta de la cuerda era un recordatorio de la traición de su propia sa