Esa mañana, el Grupo Callister reanudó sus operaciones con precisión fría y calculada. Daven entró al edificio principal sereno, con paso firme y un brillo que el día anterior no tenía. Desde fuera, nadie habría adivinado que aún intentaba encajar decenas de piezas sueltas.
—Tiene la agenda llena hasta el mediodía, señor —informó Arven mientras entraban al ascensor.
—Nada cambia, ¿no? —preguntó Daven con sequedad—. Quiero que todo funcione como siempre.
—No —respondió Arven.
Sabía que, para Dav